
Supo que existió otro cadáver por la sencilla razón de un rastro de sangre a un lado de la cama, camino al pequeño baño. No hay que ser muy sagaz, son simplezas del oficio y por eso no se llenó de emoción ni su pecho ni engordó su orgullo. Lo que sí logró aquel comentario elogioso a su astucia fue recordar aquellos labios que pronunciaron, en un lugar lejos de cualquier lugar, un te quiero, para luego, esos mismos labios pronunciar, en otro lugar bastante apartado de la escena del crimen, “o no te quiero”. Esos recuerdos siempre le pespuntean el alma a Alexander, logran que apriete sus manos con tanta fuerza que sus uñas le hagan daño.
Ése no era el caso. El caso es, ¿dónde estaba el otro cuerpo? Pidió que sacaran el del hombre, casi mutilado en sus partes. Ordenó a sus ayudantes a recoger toda evidencia. Qué más evidencia que morir en la habitación de un hotel de poca monta.
Ése no era el caso. El caso es, ¿dónde estaba el otro cuerpo? Pidió que sacaran el del hombre, casi mutilado en sus partes. Ordenó a sus ayudantes a recoger toda evidencia. Qué más evidencia que morir en la habitación de un hotel de poca monta.











Escher





