
Se le hizo pesada la mirada huidiza y temerosa del encargado y lastimera la de la camarera, que retorcía entre sus manos un pedazo de tela curtida, en otra época, seguro, un pañuelo.
Suspiró y pidió que lo llevaran al lugar de los hechos. Entre el crujido de los peldaños de las escaleras y el crujido del cielo furioso que no paraba de escupir agua, el detective Alexander Bartoli subía tras el encargado y delante de la camarera. Al llegar a la habitación marcada con el número cuarenta y dos, vio que la cama estaba deshecha, que el cuerpo de un hombre yacía desnudo en medio de un charco de sangre, que el desorden era muy poco para estar en el lugar donde había ocurrido un crimen y, mirando a un lado, preguntó: ¿y el otro cadáver? Un silencio denso acompasó a la lluvia.
Suspiró y pidió que lo llevaran al lugar de los hechos. Entre el crujido de los peldaños de las escaleras y el crujido del cielo furioso que no paraba de escupir agua, el detective Alexander Bartoli subía tras el encargado y delante de la camarera. Al llegar a la habitación marcada con el número cuarenta y dos, vio que la cama estaba deshecha, que el cuerpo de un hombre yacía desnudo en medio de un charco de sangre, que el desorden era muy poco para estar en el lugar donde había ocurrido un crimen y, mirando a un lado, preguntó: ¿y el otro cadáver? Un silencio denso acompasó a la lluvia.

